lunes, 19 de agosto de 2013

To Live is to Die

To Live is to Die
‘‘El diablo puede estar donde menos lo esperes’’

Idea original: Ivan Ezequiel Eroles Monllor
Escrito por: Kevin De Poli

En el mundo de la música siempre hubo una cuestión que me llamó la atención. Me pareció muy raro que los artistas más talentosos mueran en una temprana edad y más raro aún que le sucedieran hechos que nos les permitía hacer más aquello que tanto nos gusta: llevar a los seguidos del rock o del metal la música de cada día.
La inquietud era enorme, así que decidí ponerme a investigar. Descubrí que eran más de lo que pensaba, muchos más. Algunos de ellos son:

Cliff Burton, Metallica, 24 años (1962-1986)
John Lennon, The Beatles, 40 años (1940-1980)
Bon Scott, AC/DC, 33 años (1946-1980)
Dimebag Darrell, Pantera, 38 años (1966-2004)
Freddie Mercury, Queen, 45 años (1946-1991)

Cabe mencionar que había otros que no habían muerto, pero habían quedado inhabilitados para tocar. De entre ellos, voy a destacar un caso muy especial y famoso, el mismo lograría que mi investigación se tornara en un camino más serio.
Hablo del gran Jason Becker, el cual a una temprana edad y habiendo recibido lección de solo un amigo, componía e interpretaba totalmente fuera de este mundo. Becker sufre de Esclerosis lateral amiotrófica, una rara enfermedad que lo dejó inmóvil, sin siquiera la capacidad de hablar.
Hoy en día se comunica a través de un sistema en el que formula palabras a través de movimientos con sus ojos. Sin embargo, únicamente con sus ojos, Jason sigue componiendo música. El proceso es dificultoso, pero a él, ni el mismísimo Diablo podría detenerlo.
Con el paso del tiempo, fui recabando más información. Me encontré con más y más casos de artistas que habían fallecido a una corta edad. En un momento me pregunté a mi mismo, ¿Acaso existirá banda en la que no haya muerto algún miembro?
Por supuesto que sí, pero creo que el promedio de vida del músico es algo bajo, al menos, el de los grandes músicos. Recordé aquello que una vez había pensado, ‘‘Ni el mismísimo Diablo podría detenerlo’’. Me decidí por investigar sobre las artes oscuras. Averigüé que se podría llegar a contactar con el Diablo para hacer una especie de trato a cambio de entregar el alma, aunque yo nunca había creído en esas cosas, realmente me llamó la atención. No podía sacar conjeturas apresuradas, necesitaba pruebas, hechos verídicos para sostener mi teoría. 
Metallica, luego de varios años, volvía a la Argentina. Era una oportunidad única, tenía que intentarlo, podría saber qué pasó con aquel hombre, con Cliff Burton, por qué murió y si habían hecho un pacto con el Diablo o algo por el estilo. Llegué al estadio, gracias a un contacto, me infiltré con un puesto en la seguridad del concierto. Me escabullí hasta el pasillo que conectaba los camarines con el escenario y por allí pasaba James Hetfield, el cantante. Me acerqué lo más que puse y le pedí por favor que viniera, alegué que tenía un asunto muy importante y que necesitaba hablarle urgentemente. Él, aunque no disponía de mucho tiempo, se acercó hacia mí y le comenté que estaba investigando el porqué de las tempranas muertes de grandes músicos. Casualmente, el guitarrista de la banda, Kirk Hammett pasó por allí y se unió a la conversación. Ambos se interesaron en el asunto.
Charlamos un rato y aunque James solo decía que fue una casualidad la muerte de Cliff, Kirk estaba de mi lado y creía que había algo detrás del accidente. Kirk suspiró y dijo ‘’Nosotros le vendimos nuestro alma al Diablo, pero no a aquel típico ser rojo con cuernos y patas de cabra que figura en los textos bíblicos. Este ser usa traje y cortaba, es el mismo que todos conocemos, pero está cambiado. Casi todos vendemos nuestro alma a Satanás, y este nos quita algo que amamos. A Cliff le quitó la vida, a nosotros nos quitó a Cliff y con él además, parte de nuestra esencia de thrash metal que solía tener nuestra música. Nos llevó a hacer cosas que jamás creíamos que íbamos a hacer’’. Un encargado les hizo una señal, James y Kirk se marcharon, el concierto estaba a punto de empezar.
Luego del show, me retiré y continué con mi investigación. El próximo objetivo sería entonces el gran Jason Becker. Tuve la idea de hablar con el ex-Megadeth y mejor amigo de Becker, Marty Friedman, otro virtuoso de la guitarra. Tarde un buen tiempo en ubicarlo, invertí muchísimo dinero en viajes y luego de casi un año de trabajo logré obtener la dirección exacta de dónde se ubicaba. Cuando por fin lo hallé tuvimos una larga charla, en la cual comprendió muy bien mi propósito y me dijo cosas que jamás creí que escucharía.
Uno no puede simplemente vender su alma al Diablo, él debe presentarse ante tu rostro, aunque lo hará en la forma menos pensada. El Diablo te dará algo a cambio de otra cosa, pero nunca sabrás qué es lo que te quitará, es muy tramposo. Decir que uno vende su alma técnicamente es incorrecto. A Jason Becker se le presentó ante sus ojos el mismísimo Lucifer cuando tenía apenas 10 años. La bestia le ofreció ser uno de los mejores guitarristas de la historia, pero a cambio quería algo, que no iba a decir. Jason no aceptó el trato y el Diablo se retiró, colérico, ya que su plan se había frustrado.
Años más tarde, Becker se convirtió en uno de los mejores guitarristas de todo el mundo, lo que enfadó muchísimo a Satanás, ya que Jason había cumplido su cometido sin su ayuda. El Diablo lo maldijo, provocando en él una enfermedad que lo dejaría inmóvil, pero a Becker, ni el mismísimo Diablo podría detenerlo.
Logró componer con solo los movimientos de sus ojos, la única parte de su cuerpo que aún tiene movilidad. Jason Becker venció a Lucifer en su propio juego.
Antes de marcharme, le pregunté a Marty si alguna vez había tenido un encuentro con el Diablo, a lo que me contestó ‘’Digamos que ya no toco más en Megadeth’’.

Luego de la información que recaudé, pude llegar a la conclusión de que el Diablo puede presentarse en la forma menos esperada, quizá como un productor, quizá como una mujer, pero al fin y al cabo, siempre será el Diablo. También me quedé con algo importante, Satanás puede darte talento y fama, pero esto mismo se puede obtener sin recurrir a los sucios servicios de aquel señor. Esto es algo que me hace pensar mucho, así como por ejemplo, Freddie Mercury obtuvo probablemente la mejor voz y a cambio fue juzgado por su sexualidad, murió a una corta edad a raíz de una horrible enfermedad; hay muchos artistas más. A pesar de todo, un hombre logró vencer al Diablo y ni el mismo podría detenerlo.

viernes, 16 de agosto de 2013

La caja de arena

La caja de arena
Escrito por Kevin De Poli

Era un día normal, como cualquier otro. El cielo estaba celeste, ninguna nube se atrevía a cubrir la majestuosidad del Sol. Sus rayos penetrantes como veloces flechas hacían de esta tarde una tarde ideal para salir a jugar al patio de la casa. La tía Ermelinda cumplía años hoy, así que Ariel y su familia fueron de visita a la casa. La tía vivía en una casa grande. Era una casa color blanco, de madera. Tenía dos pisos y grandes ventanales. Un camino de baldosas de cerámica y un par de escalones, conectaban la vereda con un gran zaguán y con la puerta de entrada, una gran puerta color bordó. El papá tocó el timbre, el chirrido perturbó un poco a los hermanos, era un sonido agudo y poderoso, tétrico y tremebundo.
-¿Quién es?- Preguntó la tía, mientras observaba con su ojo curioso por la mirilla de la puerta.
-Somos nosotros, tía- Contestó el Papá, con una sonrisa dibujada en el rostro.
La tía se movió rápidamente y abrió las numerosas cerraduras de la puerta, abrió lentamente la puerta y el crujir de la misma asustó aún más a los pequeños. Estaba toda pintarrajeada, con un peinado bastante llamativo y una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Buenas! ¿Cómo andan familia?- Exclamó la tía. No dejó responder a nadie y velozmente procedió a invitarlos a pasar a la casa. –Pasen, pasen-
La casa estaba decorada con muchos adornos y antigüedades, era del estilo antiguo, algunos de los mismos estaban cubiertos por telas, como si estuvieran siendo conservados o algo por el estilo. Había cuadros, alfombras, estatuillas, fotos, etcétera, etcétera.
En fin, la tía los invitó a sentarse a la mesa para comer y beber algo, los padres se acomodaron y los pequeños Ariel y Lautaro salieron al jardín a jugar.
Era un lugar perfectísimo, allí los hermanos podían disfrutar alejados del olor a perfume de la tía y su obsesivo cuidado por todas sus chucherías. Había muchas plantas y muchas flores de todos los colores y variedades; también una hamaca y un cajón de madera lleno de arena. La panorámica nos podría recordar a una pequeña plaza, o a un pequeño parque. Era un sitio estupendo para disfrutar de una tarde radiante.
Ariel, el mayor, con seis años de edad, lideró la travesía por el jardín. Lautaro, con cuatro años de edad, lo siguió a raja tabla. Jugaron un poco con una pelota al fútbol; Lautaro pateaba y su hermano atajaba, estuvieron así un rato y luego continuaron con sus actividades. Ariel hamacó a Lautaro un rato, y luego el mismo prosiguió a hacerlo solo. La tarde era genial, estaban muy contentos mientras los adultos hablaban de sus cosas y comían algo adentro. El último juego fue entonces la caja de arena, que nos recordaba a los areneros de las plazas, pero a menor escala y en el jardín de la tía Ermelinda. –Hagamos castillos, Ari- Sugirió Lautaro y su hermano asintió con la cabeza. Con sus pequeñas manos fueron armando castillos, primero hicieron una montaña grande con la arena húmeda del fondo de la caja, luego con una ramita hicieron unas columnas y de a poco fue tomando forma aquella edificación de arena.
–¡Está quedando muy bueno!- exclamó el Ariel con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro, pero de repente, ese rostro cándido y feliz, se transformó en una mueca de horror y susto al oír un murmullo tenebroso, era parecido al quejido de algún monstruo, hambriento. –¿Escuchaste eso?- Preguntó –¿Qué cosa?- respondió su pequeño hermano. –Ese ruido, ¡era como si hubiese un monstruo aquí! Exclamó y Lautaro se quedó pálido -¿¡De veras!? Hay que avisarle a papá- dijo y ambos salieron disparados hacia la puerta trasera que conectaba la cocina con el jardín. La abrieron y el gato salió afuera, ronroneando y agitando el cascabel de su collar rosado. Los infantes ingresaron al comedor, donde yacían todos los adultos comiendo y riendo por las anécdotas disparatadas de la tía Ermelinda. Irrumpieron gritando y nerviosos. -¡Mamá, papá! ¡Hay un monstruo en el jardín!- dijeron espantados los dos al mismo tiempo. El papá se levantó de la silla y los llevó a la cocina, la tía sentada desde la mesa acotó que no tengan miedo, que era producto de su imaginación y la mamá, se quedó quieta en su silla, debido a que estaba esperando otro retoño y la constante movilidad la agobiaba. En la cocina, el padre se agachó hasta conseguir la misma altura que la de sus hijos, y los tranquilizó lo más que pudo, los acompañó hasta el jardín de la mano y les prometió que nada sucedería, pero realmente, estaba confundido. Un poco más tranquilos, pero alertas, salieron los hermanos a jugar. Fueron cuidadosamente por el jardín hasta llegar a la caja de arena, donde se quedaron. Llegaron y el castillo de arena estaba destruido, como si alguien le hubiera pasado por encima. Ariel se percató de algo, miró fijamente a una esquina de la caja y le pareció por un momento que la arena de la misma se movía, inquieta, y que ocultaba algo debajo de ella. Con más curiosidad que miedo, se acercó lentamente. Dicen que la curiosidad mató al gato, no sé si este dicho sea cierto, pero el pequeño se llevó una sorpresa. Llegó a divisar la cola peluda del gato, y tras un maullido de dolor, se hundió en lo profundo de la caja, que parecía no tener fin. Solo quedó el collar con el cascabel a la vista, el animal había desaparecido. -¡Lauti, la arena se comió al gato! ¿Lo viste?- exclamó atónito -¿Cómo? No, no lo vi- Respondió su hermano. Ariel levantó con mucho escrúpulo el collar y se lo enseñó a Lautaro, el cual se pondría pálido y comentaría –Papá dijo que no pasaba nada, seguramente se le calló por casualidad-
Decepcionado, Ariel se levantó y se fue a hamacar, más triste que enojado por la postura de su hermano y no le volvió a hablar por unos momentos. Lautaro continuó, más despreocupado, armando su castillo de arena una vez más. Cuando se levantó de la hamaca, fue hasta la caja de arena y dijo -¿Terminaste el castillo, Lauti?- para encontrarse con el horror mismo. La arena se revolvía sin cesar en la inmensidad de la caja, donde el cuerpo sin vida de su hermano estaba cubierto por la arena dorada. Sus ojos y su boca estaban repletos de la misma, y se hundía de a poco, quieto y muerto. Ariel gritó, gritó tan fuerte que su padre salió a ver qué había pasado. El padre se cruzó con la espeluznante escena. Ariel estaba llorando sobre el cuerpo inanimado de su hermano, mirándolo perdido y fuera de sus cabales. El padre miró a su hijo y le dijo -¿Qué hiciste Ariel?- con lágrimas en los ojos -¡Fue la arena de la caja papá, también se llevó al gato, mira!- y le enseñó el collar del gato. La arena estaba quieta, no había movimientos. En ese momento, el gato pasó andando por el jardín, bajaba de un árbol.
-¿Por qué me mentís? Ahí está el gato. ¿Cómo pudiste hacerlo esto a tu hermano?- Dijo triste y colérico al mismo tiempo.
Ariel lloró, gritó, pataleó y juró sobre su tumba que los hechos que contaba eran verídicos, pero la familia no confiaba en él y los estudios provocaron que fuera internado en un hospital psiquiátrico. ¿Había realmente imagino todo? ¿Había matado a su pequeño e inocente hermano? ¿Había enloquecido? Realmente no sabría decirles, pero sí puedo decirles la noticia que leí hoy en el diario. Fue hallado un cuerpo de una mujer de mediana edad asfixiada por la arena de una caja que había en su patio. La tía ordenando su jardín también sucumbió ante el horror, hoy, 16 de agosto del año 2013, se cumplen 25 años del terrible acto. El muchacho sigue retorciéndose en el manicomio, hasta el día de hoy, se desconoce la verdad sobre este hecho, y la verdad sobre la caja de arena.

FIN

miércoles, 14 de agosto de 2013

El manicomio

El manicomio
Idea Original: Iván Ezequiel Eroles Monllor
Escrito por: Kevin De Poli


Eran las dos de la madrugada en un pequeño pueblo alejado de París. Me encontraba haciendo la guardia nocturna, en la puerta del manicomio donde trabajaba, cuando de pronto llegó un auto al lugar. Bajaron tres hombres vestidos con traje negro y corbata roja, muy pulcros. Un tanto apresurados, se dirigieron hacia el baúl y sacaron del mismo a una persona. Tenía las manos atadas, el rostro cubierto con un saco y unas ropas raídas, que poco lo protegían del frío que marcaba la llegada de un cruel y largo invierno. Lo tomaron por los hombros de una forma un tanto brusca, y lo arrojaron literalmente en el umbral donde yo me encontraba, donde allí a mis pies, se retorció y gimió desaforado.
No me permitieron hablar; arrojaron al lado del individuo unos papeles, que aparentaban ser una orden de traslado con los datos del mencionado. Miré fijamente a estos extraños hombres, y uno de estos tres me dijo -Ahora es su problema- para luego pisar fuerte el acelerador y desaparecer en milésimas de segundos dejando detrás de sí una cortina de humo gris, que emanaba el escape del auto.
Todo sucedió en escasos segundos, yo me quedé atónito, pero no lo dude ni un momento y me miré los papeles que habían dejado. Leí la identificación del sujeto, su nombre era James Harrison, oriundo de Inglaterra, 40 años de edad, viudo. Anexada a los datos del hombre, había más información. Comentaba en esta hoja que Harrison fue hasta no hacía mucho tiempo un prestigiado profesor de la universidad de Oxford. Hacía un año, en una noche de tormenta, cuando su mujer volvía de trabajar en un centro de investigaciones. Cuando estaba ingresando en su hogar, de la nada un rayo penetró en su camino y la fulminó, frente a los ojos de su marido. Allí se quedó el quieto, anonadado, y luego se volvió totalmente loco. Las autoridades locales dijeron que él era un asesino, y que había matado a su esposa, utilizando esa descabellada historia para cubrir sus actos y su psicopatía. Pasó un tiempo hasta que James probó su inocencia y quedó libre. Cuando estaba comenzando a recobrar la cordura, empezó a hablarle a los espejos.
Él se quedaba horas frente a los espejos de su vivienda, a los cuales les hablaba día y noche, con ojos idos y una sonrisa de oreja a oreja.
No dejaron que pase mucho tiempo más en ese estado, y fue llevado a un manicomio en Inglaterra, pero apenas llegó, ocurrieron sucesos extraños en el establecimiento. Pidió durante largos y tediosos días un espejo a gritos, luego de la tortura, Harrison obtuvo lo que quería y se pasó horas y horas mirando el espejo. A veces le hablaba, susurrando. Otras veces simplemente lo miraba, inmerso en un mar de demencia. Pasaron los días y Harrison comenzó a perder el apetito, simplemente pasaba todo el día y toda la noche mirando al espejo, desquiciado. Su piel comenzó a teñirse de un gris claro, y se puso raquítico, ya que no probaba bocado en todo el día. Ni siquiera dormía, solo miraba al espejo, esa era su pobre y enfermiza vida. Una noche de tormenta, Harrison enloqueció y con una fuerza sobrehumana rompió la puerta de la habitación donde residía. Ahorcó a los guardias que lo custodiaban e intentó escapar del lugar. Fue al fin detenido mediante los disparos de unos dardos con tranquilizantes. El traslado a otro hospital psiquiátrico fue inmediato.
Termine de leer el escrito ya adentro del manicomio, y en ese momento no lo dudé, le hablé al director del establecimiento para que se informase. Estaba aterrado, así que me puse a trabajar con los médicos y los otros guardias para trasladarlo a una habitación de máxima seguridad. No había pasado ni siquiera una hora desde que James había ingresado al manicomio, y sus gritos tremebundos hacían del hospital un sitio más hórrido del que ya era.
Los alaridos se oían en todos lados, como si su voz hubiera estado amplificada por un megáfono. Parecían gritos de dolor, de sufrimiento, como si fuera torturado en las profundidades del averno.
El horrible hombre, gris y desnutrido, gritaba sin cesar pidiendo un espejo. Finalmente, luego de un largo rato, cedimos y le entregamos un pequeño espejo que había en la recepción. Lo observamos entonces desde la ventana que daba adentro de su habitación. Susurró un galimatías, con una voz oscura y maléfica. Estuvo así por escasos segundos, y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.
Pocos saben lo que realmente sucedió aquel 6 de diciembre del año 1963.
Lo que vi junto a mis colegas, no podrá ser olvidado jamás, pues James Harrison se desintegró, recudiéndose a cenizas, unas cenizas grises que desprendían un humo del mismo tono, con un olor repugnante. Luego del suceso, el espejó estalló y se quebró en mil pedazos.
A la mañana siguiente, renuncié. Me mudé lejos con mi familia, y nunca más hasta el día de hoy toqué el tema. A veces recuerdo el rostro enfermo de Harrison, y ese momento cuando el espejo se quebró en mil pedazos. . .


…FIN…