viernes, 16 de agosto de 2013

La caja de arena

La caja de arena
Escrito por Kevin De Poli

Era un día normal, como cualquier otro. El cielo estaba celeste, ninguna nube se atrevía a cubrir la majestuosidad del Sol. Sus rayos penetrantes como veloces flechas hacían de esta tarde una tarde ideal para salir a jugar al patio de la casa. La tía Ermelinda cumplía años hoy, así que Ariel y su familia fueron de visita a la casa. La tía vivía en una casa grande. Era una casa color blanco, de madera. Tenía dos pisos y grandes ventanales. Un camino de baldosas de cerámica y un par de escalones, conectaban la vereda con un gran zaguán y con la puerta de entrada, una gran puerta color bordó. El papá tocó el timbre, el chirrido perturbó un poco a los hermanos, era un sonido agudo y poderoso, tétrico y tremebundo.
-¿Quién es?- Preguntó la tía, mientras observaba con su ojo curioso por la mirilla de la puerta.
-Somos nosotros, tía- Contestó el Papá, con una sonrisa dibujada en el rostro.
La tía se movió rápidamente y abrió las numerosas cerraduras de la puerta, abrió lentamente la puerta y el crujir de la misma asustó aún más a los pequeños. Estaba toda pintarrajeada, con un peinado bastante llamativo y una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Buenas! ¿Cómo andan familia?- Exclamó la tía. No dejó responder a nadie y velozmente procedió a invitarlos a pasar a la casa. –Pasen, pasen-
La casa estaba decorada con muchos adornos y antigüedades, era del estilo antiguo, algunos de los mismos estaban cubiertos por telas, como si estuvieran siendo conservados o algo por el estilo. Había cuadros, alfombras, estatuillas, fotos, etcétera, etcétera.
En fin, la tía los invitó a sentarse a la mesa para comer y beber algo, los padres se acomodaron y los pequeños Ariel y Lautaro salieron al jardín a jugar.
Era un lugar perfectísimo, allí los hermanos podían disfrutar alejados del olor a perfume de la tía y su obsesivo cuidado por todas sus chucherías. Había muchas plantas y muchas flores de todos los colores y variedades; también una hamaca y un cajón de madera lleno de arena. La panorámica nos podría recordar a una pequeña plaza, o a un pequeño parque. Era un sitio estupendo para disfrutar de una tarde radiante.
Ariel, el mayor, con seis años de edad, lideró la travesía por el jardín. Lautaro, con cuatro años de edad, lo siguió a raja tabla. Jugaron un poco con una pelota al fútbol; Lautaro pateaba y su hermano atajaba, estuvieron así un rato y luego continuaron con sus actividades. Ariel hamacó a Lautaro un rato, y luego el mismo prosiguió a hacerlo solo. La tarde era genial, estaban muy contentos mientras los adultos hablaban de sus cosas y comían algo adentro. El último juego fue entonces la caja de arena, que nos recordaba a los areneros de las plazas, pero a menor escala y en el jardín de la tía Ermelinda. –Hagamos castillos, Ari- Sugirió Lautaro y su hermano asintió con la cabeza. Con sus pequeñas manos fueron armando castillos, primero hicieron una montaña grande con la arena húmeda del fondo de la caja, luego con una ramita hicieron unas columnas y de a poco fue tomando forma aquella edificación de arena.
–¡Está quedando muy bueno!- exclamó el Ariel con una sonrisa de oreja a oreja dibujada en el rostro, pero de repente, ese rostro cándido y feliz, se transformó en una mueca de horror y susto al oír un murmullo tenebroso, era parecido al quejido de algún monstruo, hambriento. –¿Escuchaste eso?- Preguntó –¿Qué cosa?- respondió su pequeño hermano. –Ese ruido, ¡era como si hubiese un monstruo aquí! Exclamó y Lautaro se quedó pálido -¿¡De veras!? Hay que avisarle a papá- dijo y ambos salieron disparados hacia la puerta trasera que conectaba la cocina con el jardín. La abrieron y el gato salió afuera, ronroneando y agitando el cascabel de su collar rosado. Los infantes ingresaron al comedor, donde yacían todos los adultos comiendo y riendo por las anécdotas disparatadas de la tía Ermelinda. Irrumpieron gritando y nerviosos. -¡Mamá, papá! ¡Hay un monstruo en el jardín!- dijeron espantados los dos al mismo tiempo. El papá se levantó de la silla y los llevó a la cocina, la tía sentada desde la mesa acotó que no tengan miedo, que era producto de su imaginación y la mamá, se quedó quieta en su silla, debido a que estaba esperando otro retoño y la constante movilidad la agobiaba. En la cocina, el padre se agachó hasta conseguir la misma altura que la de sus hijos, y los tranquilizó lo más que pudo, los acompañó hasta el jardín de la mano y les prometió que nada sucedería, pero realmente, estaba confundido. Un poco más tranquilos, pero alertas, salieron los hermanos a jugar. Fueron cuidadosamente por el jardín hasta llegar a la caja de arena, donde se quedaron. Llegaron y el castillo de arena estaba destruido, como si alguien le hubiera pasado por encima. Ariel se percató de algo, miró fijamente a una esquina de la caja y le pareció por un momento que la arena de la misma se movía, inquieta, y que ocultaba algo debajo de ella. Con más curiosidad que miedo, se acercó lentamente. Dicen que la curiosidad mató al gato, no sé si este dicho sea cierto, pero el pequeño se llevó una sorpresa. Llegó a divisar la cola peluda del gato, y tras un maullido de dolor, se hundió en lo profundo de la caja, que parecía no tener fin. Solo quedó el collar con el cascabel a la vista, el animal había desaparecido. -¡Lauti, la arena se comió al gato! ¿Lo viste?- exclamó atónito -¿Cómo? No, no lo vi- Respondió su hermano. Ariel levantó con mucho escrúpulo el collar y se lo enseñó a Lautaro, el cual se pondría pálido y comentaría –Papá dijo que no pasaba nada, seguramente se le calló por casualidad-
Decepcionado, Ariel se levantó y se fue a hamacar, más triste que enojado por la postura de su hermano y no le volvió a hablar por unos momentos. Lautaro continuó, más despreocupado, armando su castillo de arena una vez más. Cuando se levantó de la hamaca, fue hasta la caja de arena y dijo -¿Terminaste el castillo, Lauti?- para encontrarse con el horror mismo. La arena se revolvía sin cesar en la inmensidad de la caja, donde el cuerpo sin vida de su hermano estaba cubierto por la arena dorada. Sus ojos y su boca estaban repletos de la misma, y se hundía de a poco, quieto y muerto. Ariel gritó, gritó tan fuerte que su padre salió a ver qué había pasado. El padre se cruzó con la espeluznante escena. Ariel estaba llorando sobre el cuerpo inanimado de su hermano, mirándolo perdido y fuera de sus cabales. El padre miró a su hijo y le dijo -¿Qué hiciste Ariel?- con lágrimas en los ojos -¡Fue la arena de la caja papá, también se llevó al gato, mira!- y le enseñó el collar del gato. La arena estaba quieta, no había movimientos. En ese momento, el gato pasó andando por el jardín, bajaba de un árbol.
-¿Por qué me mentís? Ahí está el gato. ¿Cómo pudiste hacerlo esto a tu hermano?- Dijo triste y colérico al mismo tiempo.
Ariel lloró, gritó, pataleó y juró sobre su tumba que los hechos que contaba eran verídicos, pero la familia no confiaba en él y los estudios provocaron que fuera internado en un hospital psiquiátrico. ¿Había realmente imagino todo? ¿Había matado a su pequeño e inocente hermano? ¿Había enloquecido? Realmente no sabría decirles, pero sí puedo decirles la noticia que leí hoy en el diario. Fue hallado un cuerpo de una mujer de mediana edad asfixiada por la arena de una caja que había en su patio. La tía ordenando su jardín también sucumbió ante el horror, hoy, 16 de agosto del año 2013, se cumplen 25 años del terrible acto. El muchacho sigue retorciéndose en el manicomio, hasta el día de hoy, se desconoce la verdad sobre este hecho, y la verdad sobre la caja de arena.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario