La
caja de arena
Escrito por Kevin
De Poli
Era
un día normal, como cualquier otro. El cielo estaba celeste, ninguna nube se
atrevía a cubrir la majestuosidad del Sol. Sus rayos penetrantes como veloces
flechas hacían de esta tarde una tarde ideal para salir a jugar al patio de la
casa. La tía Ermelinda cumplía años hoy, así que Ariel y su familia fueron de
visita a la casa. La tía vivía en una casa grande. Era una casa color blanco,
de madera. Tenía dos pisos y grandes ventanales. Un camino de baldosas de
cerámica y un par de escalones, conectaban la vereda con un gran zaguán y con
la puerta de entrada, una gran puerta color bordó. El papá tocó el timbre, el chirrido
perturbó un poco a los hermanos, era un sonido agudo y poderoso, tétrico y
tremebundo.
-¿Quién
es?- Preguntó la tía, mientras observaba con su ojo curioso por la mirilla de
la puerta.
-Somos
nosotros, tía- Contestó el Papá, con una sonrisa dibujada en el rostro.
La
tía se movió rápidamente y abrió las numerosas cerraduras de la puerta, abrió
lentamente la puerta y el crujir de la misma asustó aún más a los pequeños.
Estaba toda pintarrajeada, con un peinado bastante llamativo y una sonrisa de
oreja a oreja.
-¡Buenas!
¿Cómo andan familia?- Exclamó la tía. No dejó responder a nadie y velozmente
procedió a invitarlos a pasar a la casa. –Pasen, pasen-
La
casa estaba decorada con muchos adornos y antigüedades, era del estilo antiguo,
algunos de los mismos estaban cubiertos por telas, como si estuvieran siendo
conservados o algo por el estilo. Había cuadros, alfombras, estatuillas, fotos,
etcétera, etcétera.
En
fin, la tía los invitó a sentarse a la mesa para comer y beber algo, los padres
se acomodaron y los pequeños Ariel y Lautaro salieron al jardín a jugar.
Era
un lugar perfectísimo, allí los hermanos podían disfrutar alejados del olor a
perfume de la tía y su obsesivo cuidado por todas sus chucherías. Había muchas
plantas y muchas flores de todos los colores y variedades; también una hamaca y
un cajón de madera lleno de arena. La panorámica nos podría recordar a una pequeña
plaza, o a un pequeño parque. Era un sitio estupendo para disfrutar de una tarde
radiante.
Ariel,
el mayor, con seis años de edad, lideró la travesía por el jardín. Lautaro, con
cuatro años de edad, lo siguió a raja tabla. Jugaron un poco con una pelota al
fútbol; Lautaro pateaba y su hermano atajaba, estuvieron así un rato y luego
continuaron con sus actividades. Ariel hamacó a Lautaro un rato, y luego el
mismo prosiguió a hacerlo solo. La tarde era genial, estaban muy contentos mientras
los adultos hablaban de sus cosas y comían algo adentro. El último juego fue
entonces la caja de arena, que nos recordaba a los areneros de las plazas, pero
a menor escala y en el jardín de la tía Ermelinda. –Hagamos castillos, Ari-
Sugirió Lautaro y su hermano asintió con la cabeza. Con sus pequeñas manos
fueron armando castillos, primero hicieron una montaña grande con la arena húmeda
del fondo de la caja, luego con una ramita hicieron unas columnas y de a poco
fue tomando forma aquella edificación de arena.
–¡Está
quedando muy bueno!- exclamó el Ariel con una sonrisa de oreja a oreja dibujada
en el rostro, pero de repente, ese rostro cándido y feliz, se transformó en una
mueca de horror y susto al oír un murmullo tenebroso, era parecido al quejido
de algún monstruo, hambriento. –¿Escuchaste eso?- Preguntó –¿Qué cosa?- respondió
su pequeño hermano. –Ese ruido, ¡era como si hubiese un monstruo aquí! Exclamó y
Lautaro se quedó pálido -¿¡De veras!? Hay que avisarle a papá- dijo y ambos
salieron disparados hacia la puerta trasera que conectaba la cocina con el
jardín. La abrieron y el gato salió afuera, ronroneando y agitando el cascabel
de su collar rosado. Los infantes ingresaron al comedor, donde yacían todos los
adultos comiendo y riendo por las anécdotas disparatadas de la tía Ermelinda.
Irrumpieron gritando y nerviosos. -¡Mamá, papá! ¡Hay un monstruo en el jardín!-
dijeron espantados los dos al mismo tiempo. El papá se levantó de la silla y
los llevó a la cocina, la tía sentada desde la mesa acotó que no tengan miedo,
que era producto de su imaginación y la mamá, se quedó quieta en su silla,
debido a que estaba esperando otro retoño y la constante movilidad la agobiaba.
En la cocina, el padre se agachó hasta conseguir la misma altura que la de sus
hijos, y los tranquilizó lo más que pudo, los acompañó hasta el jardín de la
mano y les prometió que nada sucedería, pero realmente, estaba confundido. Un
poco más tranquilos, pero alertas, salieron los hermanos a jugar. Fueron
cuidadosamente por el jardín hasta llegar a la caja de arena, donde se
quedaron. Llegaron y el castillo de arena estaba destruido, como si alguien le
hubiera pasado por encima. Ariel se percató de algo, miró fijamente a una
esquina de la caja y le pareció por un momento que la arena de la misma se
movía, inquieta, y que ocultaba algo debajo de ella. Con más curiosidad que
miedo, se acercó lentamente. Dicen que la curiosidad mató al gato, no sé si
este dicho sea cierto, pero el pequeño se llevó una sorpresa. Llegó a divisar
la cola peluda del gato, y tras un maullido de dolor, se hundió en lo profundo
de la caja, que parecía no tener fin. Solo quedó el collar con el cascabel a la
vista, el animal había desaparecido. -¡Lauti, la arena se comió al gato! ¿Lo
viste?- exclamó atónito -¿Cómo? No, no lo vi- Respondió su hermano. Ariel
levantó con mucho escrúpulo el collar y se lo enseñó a Lautaro, el cual se
pondría pálido y comentaría –Papá dijo que no pasaba nada, seguramente se le
calló por casualidad-
Decepcionado,
Ariel se levantó y se fue a hamacar, más triste que enojado por la postura de
su hermano y no le volvió a hablar por unos momentos. Lautaro continuó, más
despreocupado, armando su castillo de arena una vez más. Cuando se levantó de
la hamaca, fue hasta la caja de arena y dijo -¿Terminaste el castillo, Lauti?-
para encontrarse con el horror mismo. La arena se revolvía sin cesar en la
inmensidad de la caja, donde el cuerpo sin vida de su hermano estaba cubierto
por la arena dorada. Sus ojos y su boca estaban repletos de la misma, y se
hundía de a poco, quieto y muerto. Ariel gritó, gritó tan fuerte que su padre
salió a ver qué había pasado. El padre se cruzó con la espeluznante escena.
Ariel estaba llorando sobre el cuerpo inanimado de su hermano, mirándolo
perdido y fuera de sus cabales. El padre miró a su hijo y le dijo -¿Qué hiciste
Ariel?- con lágrimas en los ojos -¡Fue la arena de la caja papá, también se
llevó al gato, mira!- y le enseñó el collar del gato. La arena estaba quieta,
no había movimientos. En ese momento, el gato pasó andando por el jardín,
bajaba de un árbol.
-¿Por
qué me mentís? Ahí está el gato. ¿Cómo pudiste hacerlo esto a tu hermano?- Dijo
triste y colérico al mismo tiempo.
Ariel
lloró, gritó, pataleó y juró sobre su tumba que los hechos que contaba eran
verídicos, pero la familia no confiaba en él y los estudios provocaron que
fuera internado en un hospital psiquiátrico. ¿Había realmente imagino todo?
¿Había matado a su pequeño e inocente hermano? ¿Había enloquecido? Realmente no
sabría decirles, pero sí puedo decirles la noticia que leí hoy en el diario.
Fue hallado un cuerpo de una mujer de mediana edad asfixiada por la arena de
una caja que había en su patio. La tía ordenando su jardín también sucumbió
ante el horror, hoy, 16 de agosto del año 2013, se cumplen 25 años del terrible
acto. El muchacho sigue retorciéndose en el manicomio, hasta el día de hoy, se
desconoce la verdad sobre este hecho, y la verdad sobre la caja de arena.
FIN
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