miércoles, 14 de agosto de 2013

El manicomio

El manicomio
Idea Original: Iván Ezequiel Eroles Monllor
Escrito por: Kevin De Poli


Eran las dos de la madrugada en un pequeño pueblo alejado de París. Me encontraba haciendo la guardia nocturna, en la puerta del manicomio donde trabajaba, cuando de pronto llegó un auto al lugar. Bajaron tres hombres vestidos con traje negro y corbata roja, muy pulcros. Un tanto apresurados, se dirigieron hacia el baúl y sacaron del mismo a una persona. Tenía las manos atadas, el rostro cubierto con un saco y unas ropas raídas, que poco lo protegían del frío que marcaba la llegada de un cruel y largo invierno. Lo tomaron por los hombros de una forma un tanto brusca, y lo arrojaron literalmente en el umbral donde yo me encontraba, donde allí a mis pies, se retorció y gimió desaforado.
No me permitieron hablar; arrojaron al lado del individuo unos papeles, que aparentaban ser una orden de traslado con los datos del mencionado. Miré fijamente a estos extraños hombres, y uno de estos tres me dijo -Ahora es su problema- para luego pisar fuerte el acelerador y desaparecer en milésimas de segundos dejando detrás de sí una cortina de humo gris, que emanaba el escape del auto.
Todo sucedió en escasos segundos, yo me quedé atónito, pero no lo dude ni un momento y me miré los papeles que habían dejado. Leí la identificación del sujeto, su nombre era James Harrison, oriundo de Inglaterra, 40 años de edad, viudo. Anexada a los datos del hombre, había más información. Comentaba en esta hoja que Harrison fue hasta no hacía mucho tiempo un prestigiado profesor de la universidad de Oxford. Hacía un año, en una noche de tormenta, cuando su mujer volvía de trabajar en un centro de investigaciones. Cuando estaba ingresando en su hogar, de la nada un rayo penetró en su camino y la fulminó, frente a los ojos de su marido. Allí se quedó el quieto, anonadado, y luego se volvió totalmente loco. Las autoridades locales dijeron que él era un asesino, y que había matado a su esposa, utilizando esa descabellada historia para cubrir sus actos y su psicopatía. Pasó un tiempo hasta que James probó su inocencia y quedó libre. Cuando estaba comenzando a recobrar la cordura, empezó a hablarle a los espejos.
Él se quedaba horas frente a los espejos de su vivienda, a los cuales les hablaba día y noche, con ojos idos y una sonrisa de oreja a oreja.
No dejaron que pase mucho tiempo más en ese estado, y fue llevado a un manicomio en Inglaterra, pero apenas llegó, ocurrieron sucesos extraños en el establecimiento. Pidió durante largos y tediosos días un espejo a gritos, luego de la tortura, Harrison obtuvo lo que quería y se pasó horas y horas mirando el espejo. A veces le hablaba, susurrando. Otras veces simplemente lo miraba, inmerso en un mar de demencia. Pasaron los días y Harrison comenzó a perder el apetito, simplemente pasaba todo el día y toda la noche mirando al espejo, desquiciado. Su piel comenzó a teñirse de un gris claro, y se puso raquítico, ya que no probaba bocado en todo el día. Ni siquiera dormía, solo miraba al espejo, esa era su pobre y enfermiza vida. Una noche de tormenta, Harrison enloqueció y con una fuerza sobrehumana rompió la puerta de la habitación donde residía. Ahorcó a los guardias que lo custodiaban e intentó escapar del lugar. Fue al fin detenido mediante los disparos de unos dardos con tranquilizantes. El traslado a otro hospital psiquiátrico fue inmediato.
Termine de leer el escrito ya adentro del manicomio, y en ese momento no lo dudé, le hablé al director del establecimiento para que se informase. Estaba aterrado, así que me puse a trabajar con los médicos y los otros guardias para trasladarlo a una habitación de máxima seguridad. No había pasado ni siquiera una hora desde que James había ingresado al manicomio, y sus gritos tremebundos hacían del hospital un sitio más hórrido del que ya era.
Los alaridos se oían en todos lados, como si su voz hubiera estado amplificada por un megáfono. Parecían gritos de dolor, de sufrimiento, como si fuera torturado en las profundidades del averno.
El horrible hombre, gris y desnutrido, gritaba sin cesar pidiendo un espejo. Finalmente, luego de un largo rato, cedimos y le entregamos un pequeño espejo que había en la recepción. Lo observamos entonces desde la ventana que daba adentro de su habitación. Susurró un galimatías, con una voz oscura y maléfica. Estuvo así por escasos segundos, y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.
Pocos saben lo que realmente sucedió aquel 6 de diciembre del año 1963.
Lo que vi junto a mis colegas, no podrá ser olvidado jamás, pues James Harrison se desintegró, recudiéndose a cenizas, unas cenizas grises que desprendían un humo del mismo tono, con un olor repugnante. Luego del suceso, el espejó estalló y se quebró en mil pedazos.
A la mañana siguiente, renuncié. Me mudé lejos con mi familia, y nunca más hasta el día de hoy toqué el tema. A veces recuerdo el rostro enfermo de Harrison, y ese momento cuando el espejo se quebró en mil pedazos. . .


…FIN…

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