El manicomio
Idea Original: Iván
Ezequiel Eroles Monllor
Escrito por: Kevin
De Poli
Eran
las dos de la madrugada en un pequeño pueblo alejado de París. Me encontraba haciendo
la guardia nocturna, en la puerta del manicomio donde trabajaba, cuando de
pronto llegó un auto al lugar. Bajaron tres hombres vestidos con traje negro y
corbata roja, muy pulcros. Un tanto apresurados, se dirigieron hacia el baúl y
sacaron del mismo a una persona. Tenía las manos atadas, el rostro cubierto con
un saco y unas ropas raídas, que poco lo protegían del frío que marcaba la
llegada de un cruel y largo invierno. Lo tomaron por los hombros de una forma
un tanto brusca, y lo arrojaron literalmente en el umbral donde yo me
encontraba, donde allí a mis pies, se retorció y gimió desaforado.
No
me permitieron hablar; arrojaron al lado del individuo unos papeles, que
aparentaban ser una orden de traslado con los datos del mencionado. Miré
fijamente a estos extraños hombres, y uno de estos tres me dijo -Ahora es su
problema- para luego pisar fuerte el acelerador y desaparecer en milésimas de
segundos dejando detrás de sí una cortina de humo gris, que emanaba el escape
del auto.
Todo
sucedió en escasos segundos, yo me quedé atónito, pero no lo dude ni un momento
y me miré los papeles que habían dejado. Leí la identificación del sujeto, su
nombre era James Harrison, oriundo de Inglaterra, 40 años de edad, viudo.
Anexada a los datos del hombre, había más información. Comentaba en esta hoja
que Harrison fue hasta no hacía mucho tiempo un prestigiado profesor de la
universidad de Oxford. Hacía un año, en una noche de tormenta, cuando su mujer
volvía de trabajar en un centro de investigaciones. Cuando estaba ingresando en
su hogar, de la nada un rayo penetró en su camino y la fulminó, frente a los
ojos de su marido. Allí se quedó el quieto, anonadado, y luego se volvió
totalmente loco. Las autoridades locales dijeron que él era un asesino, y que
había matado a su esposa, utilizando esa descabellada historia para cubrir sus
actos y su psicopatía. Pasó un tiempo hasta que James probó su inocencia y
quedó libre. Cuando estaba comenzando a recobrar la cordura, empezó a hablarle
a los espejos.
Él
se quedaba horas frente a los espejos de su vivienda, a los cuales les hablaba
día y noche, con ojos idos y una sonrisa de oreja a oreja.
No
dejaron que pase mucho tiempo más en ese estado, y fue llevado a un manicomio
en Inglaterra, pero apenas llegó, ocurrieron sucesos extraños en el
establecimiento. Pidió durante largos y tediosos días un espejo a gritos, luego
de la tortura, Harrison obtuvo lo que quería y se pasó horas y horas mirando el
espejo. A veces le hablaba, susurrando. Otras veces simplemente lo miraba,
inmerso en un mar de demencia. Pasaron los días y Harrison comenzó a perder el
apetito, simplemente pasaba todo el día y toda la noche mirando al espejo, desquiciado.
Su piel comenzó a teñirse de un gris claro, y se puso raquítico, ya que no
probaba bocado en todo el día. Ni siquiera dormía, solo miraba al espejo, esa
era su pobre y enfermiza vida. Una noche de tormenta, Harrison enloqueció y con
una fuerza sobrehumana rompió la puerta de la habitación donde residía. Ahorcó
a los guardias que lo custodiaban e intentó escapar del lugar. Fue al fin
detenido mediante los disparos de unos dardos con tranquilizantes. El traslado
a otro hospital psiquiátrico fue inmediato.
Termine
de leer el escrito ya adentro del manicomio, y en ese momento no lo dudé, le
hablé al director del establecimiento para que se informase. Estaba aterrado,
así que me puse a trabajar con los médicos y los otros guardias para
trasladarlo a una habitación de máxima seguridad. No había pasado ni siquiera una
hora desde que James había ingresado al manicomio, y sus gritos tremebundos
hacían del hospital un sitio más hórrido del que ya era.
Los
alaridos se oían en todos lados, como si su voz hubiera estado amplificada por
un megáfono. Parecían gritos de dolor, de sufrimiento, como si fuera torturado
en las profundidades del averno.
El
horrible hombre, gris y desnutrido, gritaba sin cesar pidiendo un espejo.
Finalmente, luego de un largo rato, cedimos y le entregamos un pequeño espejo
que había en la recepción. Lo observamos entonces desde la ventana que daba
adentro de su habitación. Susurró un galimatías, con una voz oscura y maléfica.
Estuvo así por escasos segundos, y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.
Pocos
saben lo que realmente sucedió aquel 6 de diciembre del año 1963.
Lo
que vi junto a mis colegas, no podrá ser olvidado jamás, pues James Harrison se
desintegró, recudiéndose a cenizas, unas cenizas grises que desprendían un humo
del mismo tono, con un olor repugnante. Luego del suceso, el espejó estalló y
se quebró en mil pedazos.
A
la mañana siguiente, renuncié. Me mudé lejos con mi familia, y nunca más hasta
el día de hoy toqué el tema. A veces recuerdo el rostro enfermo de Harrison, y
ese momento cuando el espejo se quebró en mil pedazos. . .
…FIN…
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